Mientras la Copa Mundial de la FIFA entra en su recta final, el torneo se perfila para superar los 5.000 millones de espectadores de la edición anterior. El Bank of America estima incluso que la final podría concentrar hasta el 7% del tráfico mundial de internet. Sin embargo, para quienes observan los mercados financieros, la pregunta más interesante no es quién levantará el trofeo, sino qué impacto tiene este enorme evento sobre las economías anfitrionas y los mercados.
La respuesta es mucho menos positiva de lo que suelen prometer los organizadores. Por primera vez, la FIFA organiza directamente el torneo en lugar de delegarlo en las federaciones nacionales, quedándose con prácticamente todas las principales fuentes de ingresos. Mientras la FIFA espera recaudar cerca de 9.000 millones de dólares —incluyendo 3.900 millones por derechos de televisión y más de 3.000 millones por venta de entradas—, las ciudades anfitrionas son quienes asumen la mayor parte de los costos. En conjunto, las ciudades estadounidenses organizadoras afrontan déficits que ascienden a cientos de millones de dólares.
Nueva York refleja perfectamente este desequilibrio. El contralor de la ciudad estimó que, incluso si se concretaran los 1,2 millones de visitantes regionales proyectados por la FIFA, los 55 millones de dólares adicionales en ingresos fiscales quedarían completamente anulados por los 70 millones de dólares que deberá destinar el municipio a seguridad, servicios de emergencia y apoyo logístico. Y este resultado no es una excepción. Un estudio de la Universidad de Toronto indica que 12 de los últimos 14 Mundiales generaron pérdidas económicas netas para las regiones anfitrionas, mientras que más del 80% de los grandes eventos deportivos terminan registrando déficits.
Por supuesto, el torneo también genera beneficios puntuales. El uso de estadios ya existentes ha reducido considerablemente los enormes riesgos de construcción que caracterizaron a otros Mundiales. Los sectores más favorecidos son la hotelería, el comercio y el transporte. Un ejemplo ocurrió en Boston, donde los aficionados escoceses de la famosa Tartan Army agotaron todas las existencias de cerveza del Sam Adams Taproom, consumiendo cuatro veces más de lo habitual durante un fin de semana festivo. Sin embargo, estos beneficios son muy localizados y de corta duración.
Mientras tanto, los mercados financieros también muestran pequeños efectos previsibles. Un estudio publicado en el Journal of Money, Credit and Banking concluyó que la actividad bursátil cae significativamente durante los partidos de la selección nacional de un país: el número de operaciones disminuye un 45% y el volumen negociado un 55%, ya que la atención de los inversores se traslada al terreno de juego.
Además, una investigación del Journal of Finance identificó un claro efecto psicológico. Cuando una selección queda eliminada del Mundial, la bolsa de ese país registra al día siguiente una rentabilidad anormal cercana a -0,49%. Por el contrario, los mercados de los países campeones suelen superar al resto del mundo entre un 3,5% y un 5,5% durante el mes posterior a la final, aunque ese impulso normalmente desaparece antes de cumplirse un año.
En definitiva, estas anomalías no constituyen una estrategia de inversión sostenible. El volumen de negociación puede disminuir y algunas decisiones pueden posponerse, pero los mercados ya han demostrado ser capaces de absorber perturbaciones macroeconómicas mucho más importantes. Cuando suene el pitazo final, la vida volverá a la normalidad, las ciudades anfitrionas harán cuentas de sus déficits y los mercados financieros seguirán funcionando exactamente como antes.
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