La semana pasada dejó el tipo de turbulencia en los mercados que suele generar titulares llamativos, pero que, en última instancia, recompensa a quienes miran más allá del ruido. El S&P 500 cayó un 2,0% y el NASDAQ retrocedió un 4,6%, arrastrados por una fuerte corrección del sector tecnológico que golpeó a las conocidas como Magnificent Seven. NVIDIA perdió un 9%, Alphabet cayó un 8%, mientras que Apple, Amazon y Meta retrocedieron más de un 4% cada una. En conjunto, este grupo perdió alrededor de un 6% en apenas cinco sesiones.

Para quienes defienden la gestión activa, fue un recordatorio oportuno de los riesgos de la inversión pasiva. Cuando las Magnificent Seven representan más de un tercio del S&P 500 y más del 40% del NASDAQ, el riesgo de concentración se vuelve imposible de ignorar.

Por otro lado, SpaceX continuó su retroceso y ya acumula una caída superior al 32% desde el máximo alcanzado tras su salida a bolsa, de 225,64 dólares. Las tensiones geopolíticas también siguieron siendo elevadas, con el colapso de varios altos el fuego y un estrecho de Ormuz que permaneció bajo presión en medio de los intercambios militares entre Irán y Estados Unidos. El Reino Unido, además, perdió a otro primer ministro, un hecho que probablemente tenga poco impacto a nivel internacional, pero que los inversores en deuda pública británica seguirán con especial atención.

En medio de todos estos titulares, la muerte de Alan Greenspan el pasado 22 de junio, a los 100 años, pasó prácticamente desapercibida. Como presidente de la Reserva Federal durante casi 19 años y bajo cuatro presidentes de Estados Unidos, Greenspan ayudó a moldear el capitalismo estadounidense moderno, supervisando uno de los períodos de expansión económica más largos de la historia del país, entre 1991 y 2001. En su momento, The New York Times lo describió como «el principal responsable de la política económica de su época».

Sin embargo, su legado sigue siendo objeto de debate. La Comisión de Investigación sobre la Crisis Financiera concluyó que su apoyo a la desregulación financiera y su incapacidad para frenar el crecimiento del mercado de hipotecas subprime contribuyeron a crear las condiciones que desembocaron en la crisis financiera de 2008. El llamado Greenspan Put pasó a formar parte del vocabulario financiero para describir la percepción de que la Reserva Federal protegería a los mercados de pérdidas significativas mediante tipos de interés bajos, incentivando así una toma excesiva de riesgos.

Sería injusto atribuir toda la responsabilidad de la crisis a Greenspan. Los fallos fueron sistémicos, institucionales y políticos. Sin embargo, resulta difícil ignorar que sus políticas contribuyeron a construir una economía cada vez más endeudada, dejando a su sucesor, Ben Bernanke, la tarea de afrontar la peor crisis financiera desde la Gran Depresión. La gestión de Bernanke evitó el colapso del sistema financiero mundial en circunstancias extraordinariamente complejas.

La muerte de Greenspan nos recuerda que las decisiones sobre los tipos de interés moldean las economías durante décadas, no durante trimestres. Los responsables de la política monetaria de hoy afrontan desafíos distintos, pero con dilemas muy similares.

Esto nos lleva a la última reunión de la Reserva Federal, la primera presidida por su nuevo presidente, Kevin Warsh. El comité decidió por unanimidad mantener sin cambios los tipos de interés oficiales en el rango del 3,50% al 3,75%, a pesar de que la inflación alcanzó en mayo un máximo de tres años, situándose en el 4,2%, impulsada principalmente por el aumento de los precios de la energía tras el conflicto relacionado con Irán.

Warsh también anunció que la Reserva Federal abandonará su política de forward guidance, lo que significa que dejará de ofrecer a los inversores indicaciones anticipadas sobre futuras decisiones de tipos de interés. Aunque la medida busca preservar la flexibilidad del banco central, también despertó inquietud por la menor transparencia de una de las instituciones más influyentes del mundo.

Más importante aún fue el cambio en las perspectivas del comité. Nueve de sus miembros esperan ahora que los tipos de interés suban antes de finalizar el año, un giro significativo respecto a marzo, cuando ninguno proyectaba nuevas subidas y el consenso apuntaba a un recorte de tipos en 2026. Los mercados reaccionaron de inmediato. Tras la rueda de prensa de Warsh, los operadores comenzaron a descontar una probabilidad superior al 90% de una subida de tipos antes de octubre, lo que llevó al S&P 500 a caer un 1,2% y al NASDAQ un 1,3%.

El presidente Trump había nombrado a Warsh con la expectativa de reducir el coste del crédito, pero la inflación derivada del contexto bélico ha complicado considerablemente ese objetivo. El nuevo presidente inicia así su mandato bajo la presión tanto de los mercados como de la política, mientras la inflación continúa obligando a mantener una postura más prudente. La historia demuestra que esas fuerzas contrapuestas rara vez encuentran una resolución sencilla.

Precisamente por eso, la política de tipos de interés merece la atención de cualquier inversor, por muy árido que pueda parecer el tema. El tipo de referencia de la Reserva Federal influye en el coste de los préstamos en toda la economía, afectando a las hipotecas, las tarjetas de crédito, la inversión empresarial, la financiación pública y, en última instancia, a la valoración de los mercados bursátiles.

La muerte de Greenspan, por tanto, es mucho más que una nota al pie de la historia. Es un recordatorio de que los acontecimientos más trascendentales para los mercados suelen producirse no en los parqués bursátiles, sino en las salas de reuniones de los bancos centrales. Los inversores que prestan atención a la política monetaria quizá no encuentren en ella el tema más apasionante, pero normalmente estarán mucho mejor preparados cuando sus consecuencias a largo plazo terminen, inevitablemente, haciéndose realidad.

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